Cine Por Martín Núñez

Minutos antes que se desate una violenta tormenta una mujer tiene un accidente de tránsito. Verónica (María Onetto) está convencida que en ese atropello ha matado a alguien y desde entonces su actuar se vuelve errático y distante. A nadie le ha contado lo que le ha sucedido, en sus acciones se huele un temor a lo que se avecina. Ella pertenece a la alta sociedad Salteña que bien puede ser la alta sociedad de cualquier país postcolonial en el que la hipocresía, la arrogancia e incluso el incesto forman parte de sus propios códigos.
Cuando Verónica por fin le comenta a su esposo y también a su amante que teme haber matado a alguien, ellos, cada uno por su lado, la tranquilizan, tranquilidad que llega a nuestra protagonista solo en el momento en que ella se da cuenta de quién es su posible víctima y a qué clase social pertenece, desencadenando en ella una culpa cristiana que, como es habitual, se transforma en caridad.
Como suele suceder con la exquisita obra de Lucrecia Martel lo más importante no es la linealidad de su relato sino que el cómo éste se va construyendo en base a momentos y fragmentos en los que muchas veces lo que sucede en segundo plano es capaz de ir entregándonos pinceladas clave para que como espectadores podamos ir comprendiendo y descubriendo el verdadero relato que la realizadora nos propone. Esta estructuración permite múltiples lecturas que se enriquecen con cada visionado y que incluso pueden llevar a los más desprevenidos a, en el caso de esta película, empatizar con un personaje como Verónica, quien juega a la víctima inconsciente que está a la espera de que todo lo que le ha sucedido se diluya o se esfume como cualquier noticia intrascendente. Intrascendente como lo es para Verónica y su entorno la muerte de un niño vulnerado por la pobreza por quien ni la justicia ni los medios se esforzarán por dar con la verdad de lo sucedido, porque no todos los muertos son iguales.
Si bien las consecuencias del accidente son deliberadamente ambiguas, la reflexión que nos propone Martel sobre la muerte es contundente al exponer el valor de la misma en una sociedad en la que la situación social no solo define la vida del ser humano, sino que además es clave a la hora del fin de ella tanto para víctimas como para victimarios. Porque hay vidas (y muertes) que importan más que otras.
Alejada de un discurso obvio sobre las diferencias de clase, Lucrecia Martel no se extravía buscando explicarnos lo evidente sino que, como sucede en el patio de la casa de Verónica, va revolviendo la tierra para contarnos lo que yace ahí enterrado. En el mismo sentido juega un rol primordial la brillante interpretación de María Onetto y su inexpresividad capaz de revelarnos las distintas capas de su personaje.
La secuencia final es muy decidora, casi explícita si se quiere, para retratar el estado moral de una clase carente de empatía, absorta en sus nimiedades y con un desapego por la vida aterrorizador, una clase social que no es capaz de hacerse cargo de sus propios actos. Casi porque hay una ley divina y humana que siempre los absolverá, así la muerte suceda en Salta o en Curanipe.



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