Cine Por Martín Núñez

La Consagración de la Pobreza, Chile, 2015
La ciudad abordada desde las lógicas del poder es lo que nos propone este mediometraje documental de Jaime Díaz Lavanchy, quien plantea su trabajo desde una sobriedad visual que abre espacios para la reflexión a través de su propio relato. Tras una contextualización del entonces director de la Corporación de Mejoramiento Urbano (CORMU) Miguel Lawner, éste da cuenta del proyecto de la Villa Compañero Ministro Carlos Cortés (Villa San Luis), conjunto habitacional que buscaba acabar con la segregación en la comuna de Las Condes dando una vivienda digna no solo a los sin casa del sector, sino que también a quienes trabajaban como mano de obra en dicha comuna, vecinos que conformaron un espacio popular dentro de unos de los sectores más adinerados de Santiago y que lograron habitar el mismo pagando mensualmente el dividendo que los hacía propietarios. Son sus mismos habitantes quienes estructuran el resto del relato a través de sus recuerdos que se nos muestran más allá de cualquier pirotecnia visual ya que lo importante es cómo desde su propia memoria van reconstruyendo ese pasado que los acercó a la dignidad habitacional durante un breve período, período que culmina trágicamente a pocos meses del golpe de Estado cívico-militar que supuso el desalojo y el despojo de sus casas a manos de uniformados que de manera violentísima los obligaron a desocupar sus viviendas, subiendo sus pertenencias a camiones de basura al mismo tiempo que los habitantes eran trasladados a terrenos baldíos, dejados a su merced y con sus títulos de propiedad transformados en documentos sin valor alguno.
Además de las escasas fotografías de archivo, el gran acierto en este documental es el ejercicio de memoria en que los mismos ex vecinos visitan el sector para intentar reconstruir mentalmente su antiguo barrio, mientras entre modernos y lujoso edificios corporativos apenas pueden recordar dónde quedaban los blocks que habitaron gracias a una memoria empañada por el trauma, los años y la injusticia. Es este ejercicio propuesto por Díaz el que sirve de espejo a la misma sociedad chilena hasta hoy discrimina a sus propios ciudadanos en una problemática ya descrita por Gabriel Salazar en la revista Invi #67: “ninguna autoridad, a lo largo de tres siglos y medio, pensó en reconocerlos como ‘ciudadanos’. El sospechoso bajo-pueblo fue visto entonces como un pegajoso ‘enemigo interno’. Eso significaba que era masacrable. De derechos violables”.



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