Cine por Martín Núñez

Dentro del panorama del cine chileno del último milenio que busca crear mundos a través de la narración de pequeñas historias, Rabia logra lo que muchas películas ni siquiera han intentado: hablar de la sociedad chilena de las últimas décadas, de sus injusticias y de cómo estas condicionan la vida de la mujer trabajadora.

A través de la eterna búsqueda de trabajo de una joven secretaria víctima del descarnado sistema actual (Carola Carrasco), el director Óscar Cárdenas explora las angustias y pesares de la clase trabajadora chilena que debe humillarse para ‘pedir’ un trabajo.

La narración se construye en bloques fragmentados, momentos de vida que se ambientan en las sucesivas entrevistas de trabajo a las que irá nuestra protagonista y en los diálogos que ésta sostendrá con otras mujeres que se encuentran en su misma situación de precariedad, mujeres con las que compartirán esperanzas y frustraciones en base a diálogos naturalistas muy profundos en su aparente simpleza y que nos transmiten a nosotros la responsabilidad de estructurarlos en nuestra cabeza comprendiendo la enajenación que produce el trabajo asalariado. Así, todas estas mujeres con sus mundos personales amplifican el panorama hacia toda una clase vulnerada y desesperanzada que Cárdenas vuelve a singularizar con inteligencia en una entrevista a cámara que nos permite conocer los anhelos y frustraciones de nuestra protagonista y que acentúan el tono de denuncia de un film que aprovecha (y expone) con orgullo lo limitado de sus recursos técnicos y económicos. Una precariedad técnica que nos enrostra las mismas precariedades de un país que se cree algo que no es, una precariedad que hace de espejo para la vida de los personajes femeninos del film, mujeres, que tal como la película Rabia, están ahí pero son ignoradas por la construcción oficial.

Aprovechando esta misma precariedad es que Cárdenas abusa deliberadamente de los silencios y de lo que los académicos calificarían como ‘tiempos muertos’, pero en Rabia, estos se transforman en momentos claves del relato, en los que estamos a solas con la protagonista, logrando que espectador y protagonista reflexionen al unísono sobre esta moderna soledad propiciada por una sociedad exitista.

Con una puesta en escena cercana al documental y a través de una deliberada simpleza estética y de la contundente actuación de Carola Carrasco, Rabia logra que las injusticias sociales del país estallen en la pantalla a la vez que logra ir planteando incómodas preguntas en el espectador, diferenciando a la película de muchas de sus coetáneas gracias a una concienzuda búsqueda por hacer un auténtico cine chileno, más allá del cine que se cataloga como chileno y que parece no ser más que cine hecho en Chile.

Como muestra de ello tenemos que con el pasar de los años (y desde la absoluta y orgullosa independencia) Rabia adquiere una inesperada relevancia al plantear en pleno 2006 aquellas problemáticas sociales que siguen afectando a la sociedad chilena y que en pleno 2020 transforman a esta película en un objeto de estudio para comprender el Chile de hoy.

Tal como la rabia misma, el film de Cárdenas se queda dentro de nosotros para crecer día a día.



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