SELECCIONES | «Música mala»

Que la música es esencial para una buena vida, que entrega beneficios para cuerpo y espíritu lo entiende el mundo entero, salvo la ministra de las Culturas. Atrapados entre la soledad y el miedo al prójimo, bombardeados por pésimas noticias, la música ofrece consuelo y escape y no se me ocurre, junto con la pasiflora, paliativo más efectivo contra la angustia.

No es así para todos: un buen amigo, más encima guitarrista, me confesó que hace un año casi no escucha música, no compone ni toca. Dice que le produce algo parecido a la repulsión y teme que ciertas canciones queden asociadas para siempre a este tiempo aciago.

Lo de mi amigo es raro, pero no único, de hecho existe la melofobia o fobia musical, que no es un simple disgusto o aversión ante tal o cual estilo o cantante: el cuerpo de los desdichados que padecen este mal reacciona ante cualquier música con taquicardia, dolor de pecho, incontinencia e incluso pérdida de conciencia.

En su libro Musicofilia, el neurólogo británico Oliver Sacks recoge el término epilepsia musicogénica para referirse a una forma de epilepsia que se desencadena con la música y documenta varios casos que él mismo atendió, desde hombres que se convulsionaban en el piso al escuchar un sol menor o rock and roll, hasta otro que le venían ataques surtidos con música sentimental bien despacito, Frank Sinatra o un aria de Verdi. Algo parecido a lo que le ocurría a Alex de La naranja mecánica con la Novena Sinfonía de Beethoven, pero sin terapia Ludovico mediante.

Sin llegar a esos extremos patológicos, todos tenemos una melodía que nos produce temor o al menos inquietud, habitualmente ligada a un evento doloroso de nuestra biografía. A mí me pasa con los tambores de la cortina de “El diario de Cooperativa está llamando”, que cuando sonaban por la radio en mi infancia sabía o intuía que algo malo venía, casi siempre relacionado a un horror de la dictadura, que a su vez arrancó al son de marchas militares transmitidas por radios intervenidas, como obertura macabra del bombardeo a La Moneda.

Por sí mismas, las marchas fúnebres son capaces de acongojar, lo mismo que algunos réquiems (el de Ligeti o Britten) o incluso música religiosa para órgano como la de Messiaen. Géneros contemporáneos han sido creados con la intención deliberada de provocar miedo, angustia, dolor y otros malos pensamientos en los auditores, desde el black o doom metal al industrial o harsh noise, además de las bandas sonoras para películas de terror. Volúmenes altos, disonancias, gritos, infrasonidos, contraste entre melodías infantiles y fondos confusos son recursos probados para martirizar a oyentes que saben a lo que se exponen y en cierta medida lo disfrutan.

El problema es que las orejas no tienen párpados, escuchamos en todo momento y aunque no queramos. Existe un nutrido catálogo de armas sónicas desarrolladas para causar el mayor daño posible con decibeles insoportables o sonidos aterradores (escuchen el silbato de la muerte de los aztecas) y el uso de canciones repetidas día y noche es un efectivo método de tortura en cárceles como la de Guantánamo o Abu Ghraib. La CIA no lo oculta y hasta detalla el playlist que utiliza en las sesiones de tormento, con éxitos como “Baby one more time” de Britney Spears, “Saturday night fever” de Bee Gees o la canción del dinosaurio Barney.

Los gringos son muy creativos. Durante la Guerra de Vietnam, el ejército estadounidense llevó adelante la Operación Wandering Souls (Operación Almas Errantes), que aprovechó la creencia vietnamita de que sus antepasados no enterrados vagan y sufren por siempre. En un estudio de grabación, los ingenieros del Sexto Batallón de Operaciones Psicológicas (PSYOP) grabaron voces de vietnamitas, música de funerales budistas, gritos desgarradores y le pusieron mucha reverb, en un collage fantasmagórico cuyo propósito era acobardar a los combatientes del Frente Nacional de Liberación de Vietnam con las espeluznantes apariciones sonoras de sus muertos. La cinta se llamó “Ghost tapes number 10” y se transmitió en el campo de batalla por altoparlantes que transportaban soldados norteamericanos en sus mochilas y por sound systems instalados en lanchas fluviales y helicópteros.

“La música es la única entre todas las artes que colaboró en el exterminio de los judíos organizado por los alemanes (…) Hay que subrayar, en detrimento suyo, que es la única que pudo avenirse con la organización de los campos, del hambre, de la miseria, del trabajo, del dolor, de la humillación y de la muerte”, sostiene el filósofo y compositor francés Pascal Guignard en su revelador ensayo «El odio a la música». En efecto, los campos de concentración nazis contaban con orquestas bien entrenadas que acompañaban con lieders, melodías populares y obras de los grandes compositores alemanes el tránsito diario de los prisioneros hacia y desde los trabajos forzados, los traslados a las cámaras de gas y las ejecuciones mismas. Primo Levi, que pasó una temporada en el konzentrationslager de Monowitz, escribió que:

“Los soldados alemanes no organizaron la música en los campos de la muerte para apaciguar el dolor ni conciliar a las víctimas, fue por placer, placer estético y sádico experimentado gracias a la audición de sus melodías favoritas y a la visión de un ballet humillante danzado por la tropa de quienes cargaban con los pecados de aquellos que los humillaban”.

Menos sofisticados que los alemanes, los órganos represivos de la dictadura chilena también utilizaron la música para la tortura y el exterminio. En la capitalina comuna de Macul, la casa conocida como La Venda Sexy por la especialidad de los carabineros a cargo en infligir vejaciones sexuales a sus víctimas, también fue llamada La Discoteque porque siempre sonaba música a todo volumen. No era que los psicópatas de la DINA fueran particularmente melómanos: las canciones ocultaban los gritos durante las torturas y violaciones. “Había una música anglo, de repente también mucha música latina, Julio Iglesias y una canción de la Nydia Caro que a ellos les encantaba que decía ‘hoy solamente canto por cantar’ y que utilizaban contra nosotras: ‘Vaya a cantar’, nos decían. ¿Qué significaba ir a cantar? Delatar, entregar a alguien”, recuerda en una entrevista Beatriz Bataszew, sobreviviente de La Venda Sexy, psicóloga y activista feminista.

La musicóloga Katia Chornik ha estudiado a fondo la relación entre la dictadura chilena y la música, usada con fines crueles y degradantes por los criminales de Estado o como consuelo y modo de expresión para los prisioneros que la crearon y cantaron en los campos de concentración. Su plataforma Cantos Cautivos es un extraordinario archivo con testimonios, grabaciones y otros recursos que ayudan a calibrar el inmenso poder de este arte, edificante o abominable según el contexto en que se escuche.

Luis Felipe Saavedra, colaborador, Canal ARTV.



#Tags

+ CULTURA EN TV

AMIGXS

BIENAL DE ARTES MEDIALES / CENTRO CULTURAL LA MONEDA / ARCHIVO PATRIMONIAL USACH / MSSA / IME / UPLATV / CANAL180 / RED TAL / ARQ FILM FEST SANTIAGO / ARCA TV / BALMACEDA ARTE JOVEN / CENTRO NAVE

ENCUENTRANOS

VTR CANAL 742
GTD CANAL 37
CLARO CANAL 126

NUESTRAS RRSS