Música por Luis Felipe Saavedra

10 canciones: La poderosa muerte

“Que cante la muerte por todo rincón / Que se abran las tumbas y se esconda el sol”, entona con voz gutural un metalero entre las callejuelas del cementerio municipal, inspirado en el hit de un cantautor de cuyo nombre no quiero acordarme. “No había esperanza / Rondaba el horror”, continúa el joven, todo vestido de negro y con unos zapatillones que dan envidia. Dicen que la historia es real, que un jardinero muy vivo lo vio con sus propios ojos y dio pronta noticia a la autoridad, quien no pudo comprobar lo sucedido, pero igual declaró en la prensa local que la juventud ya no respeta ni la muerte. “Porque la muerte es cosa seria y está comprobada científicamente”, habría añadido el servidor público.

Coincidimos: va tan en serio que no se le escapa nadie. Salvo los músicos, que no es que no se mueran, sino que siguen viviendo a través de grabaciones. Basta encender la radio e invocar a los espíritus para que nos canten desde el más allá nuestras melodías favoritas. Sin ir más lejos, la mitad de los nombres de esta lista dejaron este mundo y, más encima, de maneras trágicas: a Jorge Cafrune lo atropelló una camioneta mientras intentaba cruzar a caballo Los Andes para honrar al libertador San Martín, Violeta Parra se pegó un tiro en su carpa de La Reina, a Héctor “La Voz” Lavoe lo destruyó la droga y el Sida, y los Jaivas Gabriel Parra y Gato Alquinta estiraron la pata sin previo aviso y dejaron gran dolor en la tierra.

La relación entre muerte y música —asunto tan inabarcable como cualquiera que comprenda a la muerte— es uno de los tópicos más presentes en todo tiempo, cultura y religión. Géneros y estilos, como las pasiones medievales, marchas militares o el black metal, están dedicados a llorar, padecer, consolar o invocarla, no importa si el protagonista es un rey, un niñito campesino o el mismísimo Jesucristo. La muerte se acompaña con música: cuando la emperatriz María de Austria y Portugal falleció en 1603, el compositor español Tomás Luis de Victoria le dedicó su extraordinario “Réquiem”; en el funeral de John Coltrane tocaron Albert Ayler y Ornette Coleman y al abuelo de Atahualpa Yupanqui “lo enterraron los indios, flauta de caña y tambor”, como canta en “Preguntitas sobre dios”. Hasta las animitas, esos santuarios populares construidos en honor a personas que acabaron en desgracia, tienen su propia banda sonora que recomendamos conocer y escuchar en el libro y doble CD “La música de las animitas” (2015), de los investigadores Nolberto González y Víctor Rojas.

Hay tantas formas de cantar la muerte como causas de la misma. Siempre en castellano, este breve recorrido sonoro va desde el pavor ante una ejecución inminente (“La cárcel de Sing Sing”), la desolación por un amor que no volverá (“Claveles blancos”) y la culpa por la muerte de una hija (“Verso por la niña muerta”), hasta el deseo y mandato de que el funeral propio sea una fiesta y no un llanterío (“Que me entierren con la banda”). Si el mayor misterio de la humanidad es si hay vida después de la muerte, el salsero portorriqueño Héctor Lavoe no se complica y con inmortal sabrosura zanja: “Tenemos que recordar que no existe eternidad / Punto final, todo se acabó”.



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