SELECCIONES | «Duérmete, niño»

Estamos tan estresados que no podemos ni dormir. Llega la noche pero no siempre trae consigo la calma y acostarse y no lograr conciliar el sueño se está convirtiendo en otro problema de salud pública, al punto de que ya le pusieron nombre: coronainsomnio. A menudo en la cama pequeños inconvenientes se atropellan y magnifican y nos privan del descanso: la gotera del lavaplatos, el desgraciado que no responde los correos, si son de trabajo y no porque quiera ser su amigo; que no imprimí las actividades para el telecolegio y la tinta se está acabando, por qué no me llegó el bono si califico y lo necesito tanto. El caldo de cabeza muchos lo mitigaban con Clonazepam o Ravotril, pero no hay stock en las farmacias. No vendría mal que de entre la penumbra surgiera Tony Camo y con su dulce voz nos dijera al oído “tranquilo y reposado, tienes un sueño bonito”, mientras suena Vangelis.

Clausurar la jornada con música es clave, mucho mejor que con noticias o un chat familiar. No cualquiera, desde luego, intuyo que Red Hot Chili Peppers no funciona, más bien algo como Cocteau Twins, cuyo estilo de hecho se llama dream pop y la gente cierra los ojos hasta para bailarlo. Se trata de bajar las revoluciones del cerebro y corazón, idealmente en torno a los 60 BPM, pero es cosa de gustos. En YouTube abundan las listas de varias horas con piezas de Mozart, Chopin, Schubert o Debussy, mientras que según Spotify el más programado a la hora de acostarse fue Ed Sheeran.

Pero una cosa es dormirse y otra muy distinta aburrirse (Ed Sheeran). Esa diferencia la tenía clara ya en 1741 el insomne conde Hermann Carl von Keyserlingk, quien le encargó a Johann Sebastian Bach una música que acompañara sus noches eternas y le ayudara a conciliar el esquivo sueño. El noble, que era muy rico y hacía cosas que a los ricos de acá ni se les ocurre como apadrinar el arte, tenía de músico de cabecera al virtuoso clavecinista Johann Gottlieb Goldberg, y como Goldberg había aprendido de Bach y era él quien interpretaría su obra, el entonces kantor de Leipzig nombró con su apellido a sus famosas variaciones. Dicen que a Bach le aburría enormemente componer en esa técnica, que la hallaba demasiado fácil, pero no tenemos noticia de que se haya ofendido por pedirle música para hundirse entre sábanas.

Si antes y hoy se hizo música para bailar, para la guerra o para comer (de la tafelmusik del siglo XVII al jazz de restaurant), ¿qué tiene de malo organizar sonidos no para ser escuchados, maravillar y recibir un aplauso cerrado, sino que para provocar modorra y rendir a la audiencia?

Durante años, el festival chileno de música electroacústica Ai Maako incluyó dentro de su oferta el evento “Noche Blanca”, un maratónico concierto con obras acusmáticas y electrónica en vivo que arrancaba a las 23 horas de un día y terminaba a las 9 de la mañana del otro. En 2011, cientos de entusiastas de la música y el buen descanso, premunidos de cojines, colchonetas y sacos de dormir se acomodaron en el hall del MAC del Parque Forestal y se dejaron seducir por el sistema de sonido envolvente y un programa concebido para acompañar cada una de las fases del sueño: sueño ligero, descanso subjetivo, bloqueo sensorial, sueño profundo y despertar.

En la misma tecla, el alemán Max Richter compuso y montó en 2015 una obra de ocho horas para piano, quinteto de cuerdas, voz y electrónica llamada, era que no, “Sleep”. Junto al neurocientífico David Eagleman, Richter creó una música sosegada, soporífera y hermosa dirigida al subconsciente de los auditores mientras dormían. “Sleep” se presentó en vivo en varias ocasiones con gran éxito, pero vale la pena probar la versión grabada con pijama y en nuestra propia cama.

La idea de que la música puede ser funcional a un propósito extramusical, ser oída de fondo o comportarse como un perfume que propicia atmósferas es antiquísima y en el siglo XX fue fundamento del género llamado ambient, revolucionario porque desafía la noción clásica de autoría. Y si llevamos al extremo esta premisa, la tecnología digital es el siguiente paso.

Existen innumerables aplicaciones, para los que no sueltan el teléfono ni de noche, que prometen inducir y acompañar el sueño con piezas autogeneradas por algoritmos, o sea por nadie, como Brain.fm, Genius o Pzizz Sleep.

Más humano es “Weightless” (“Ingrávido”), un track de ocho minutos del trío de Manchester Marconi Union, quienes trabajaron con neurocientíficos (están por todos lados) de la Academia Británica de Terapia del Sonido, con el objetivo de relajar la vena y preparar el ambiente para descansar. Varios estudios y las decenas de millones de reproducciones comprobaron que el tema baja el ritmo cardíaco, reduce el flujo sanguíneo y los niveles de cortisol, la hormona del estrés. Advierten, eso sí, que el efecto comienza a sentirse tras cinco minutos de escucha.

Medio siglo antes, el pianista, compositor y pionero de la música electrónica Raymond Scott pensó en los más pequeños de la casa, que no sufren estrés pero vaya que pueden gatillarlo y publicó el triple Soothing sounds for baby (Sonidos calmantes para guaguas). En colaboración con el Instituto Gesell de Desarrollo Humano, cada disco está orientado a una etapa de la tierna infancia (0 a 6 meses, 6 a 12 y 12 a 24), con breves piezas electrónicas para el juego, la dentición o la siesta que ganan en complejidad a medida que la criatura evoluciona. El disco es fascinante y de enorme influencia al anticiparse al ambient electrónico, Scott lo grabó con instrumentos de su propia creación —el Electronium y el Clavivox— y presentó un mundo sonoro nuevo y estimulante para padres e hijos.

https://www.youtube.com/watch?v=OCN9jmWDyJc

Apenas nació mi hijo probé varias veces con Soothing sounds for baby, pero la reacción no fue la deseada. Lo que sí surtía efecto era la más primordial forma de música para dormir: las canciones de cuna.

En todas las culturas del ancho mundo las madres le cantan a sus hijos para dormir y según el neurólogo y músico Daniel Levitin, sean de origen árabe, francés o chino, las canciones de cuna responden a un mismo patrón. En su libro El cerebro musical, Levitin explica que el secreto es la previsibilidad, las melodías y ritmos repetitivos ofrecen una seguridad que el lenguaje es incapaz de brindar. El niño reconoce, a ojos cerrados, el timbre de la voz de su madre y el sonido activa zonas del cerebro muy antiguas que compartimos con todos los mamíferos.

Las letras de estas melodías pueden ser desde esperanzadoras a espantosas, pero el simple y mágico echo de cantar conforta a hijo y madre, regula la respiración, calma los latidos del corazón y relaja los músculos. Es un espacio tan íntimo y tierno que no importa cómo se haga, sino la dulzura que transmite. Cuando nos sentimos amenazados por el mundo exterior, qué lindo sería volver a ser, de repente, un niño, dejarse narcotizar con la voz de la madre y al despertar la pesadilla haya terminado.

https://www.youtube.com/watch?v=brI6TFM0TrQ

Por Luis Felipe Saavedra, colaborador, Canal ARTV.



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