SELECCIONES | «Kentukis de Samanta Schweblin: Vigilar o ser vigilada»

Recuerdo la primera vez que vi la portada del libro Kentukis de Samanta Schweblin en una vitrina, en ella hay una mujer de melena colorina que sostiene en su cara una máscara de conejo, el fondo oscuro contrasta con el blanco del conejo y rojo del pelo. Es muy llamativa, no solo por su estética, sino por su título y sobre todo, por su contenido. La novela es del 2018, su autora es argentina y hoy tiene 43 años, fue elegida una de las diez mejores novelas en español según el New York Times el año de su publicación.

El segundo libro de Schweblin relata la llegada de una nueva forma de tecnología, los kentukis, unos peluches con cámaras que pueden ser manejados desde cualquier parte del mundo, que entran en las casas y vidas privadas de las personas. Estos “peluches” tienen formas de animales, pueden ser gatos, dragones, pandas o conejitos (por eso quizás la alusión a la portada). Esta nueva tecnología está por todo el mundo, es algo común y corriente, a raíz de esto la novela y sus protagonistas están situados en Estados Unidos, Hong Kong, Mendoza, Perugia, Italia, Perú, España, Francia, Beijing, Croacia, Brasil, México y más. La autora cuenta más de nueve relatos que transitan de ciudad en ciudad, de país en país y que, sobre todo tiene un indicador común: el suspenso, el miedo, lo raro y lo ominoso.

Esta sensación de estar leyendo algo “prohibido” ocurre ya que la primicia del libro es la siguiente: existen en el mundo estos kentukis, las personas los compran y comienza esta dinámica. Algunos son dueños, los “amos” de los kentukis y otros los que “observan”, hay un juegos de poder y un gusto y disposición de ser observado. Si por ejemplo estoy en Santiago de Chile y compro un kentuki, hay alguien adentro, observado, que puede estar en Hong Kong, que nunca sabré quién es, pero que estará observándome día y noche, y que vive en ese “peluche”. Los kentukis tienen una caducidad programada, cuestan 279 dólares, y la única forma que mueran es que se les acabe la batería, si por ejemplo un usuario decide abandonar el kentuki no puede volver a usarse. Los “peluches” no hablan, sólo hacen ruido, se mueven, lloran y sobre todo chillan.

Samanta Schweblin cuenta varios relatos, pequeños cuentos que no se entrelazan, que son independientes, algunos de una página y otros cuentos más largos, pequeñas novelas en el libro. Como por ejemplo, un grupo de chicas adolescentes en Indiana juegan con el kentuki y se sacan la polera frente a él; una pareja en Perú crean una relación con una señora mayor que los observa desde Alemania; un padre le compra un “peluche” a su hijo para apalear la separación con su esposa y tratar de ayudarlo pero en vez de esto, la situación se vuelve perversa; un hombre en Croacia, que gracias a un kentuki, logra encontrar a un niña secuestrada en Brasil; un “amo” y una “observada” en Francia y en Beijing se enamoran, y más, muchas historias más.

Hay un estado y ánimo de perversión en el libro, de que algo no está bien, sobre todo de ver la vida privada e íntima, de estar espiando, de convertirse en un kentuki, de darle la llave de tu casa a un desconocido. Pero, a pesar de esto seguimos leyendo, hay algo voyerista, de observar la vida del otro y que el otro deje la puerta abierta. La autora también plantea dos ideas, o dos tipos de personas que entran en esta dinámica: las personas muy solas y que necesitan compañía (que son los que observan, los kentukis); y las que quieren ser observadas constantemente. Ahí está el juego, los roles y el poder, y cómo se comunican ambos mundos, ya que lo más extraño es que todo esto es de común acuerdo, nada es espionaje, o secreto, abiertamente sabes que alguien te espía, y que tu estás espiando a través de un kentukis.

La pregunta es, si esto sucediera, que está mucho más cerca de lo que creemos, ¿serías kentukis o la persona que se expone? ¿el que vigila o el vigilado? Nace una nueva forma de comunicación, de común acuerdo, sin palabras (porque los kentukis no hablan), un nuevo tipo de entrada a tu vida privada, una nueva mascota para la vida moderna, una nueva forma de viajar a cualquier parte del mundo, de ser otro, de vivir otra vida, la vida real y virtual se mezclan sin vuelta atrás. Creo que Schweblin se adelantó a algo que pronto estará a la venta, habrá que decidir qué rol tomar.

Silvana Angelini, colaboradora, Canal ARTV.

Recomendación literaria de Silvana Angelini para ARTV. Kentuki de Samanta Schweblin


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