SELECCIONES | «Desafinados»

El otro día vi un partido de la selección y, ahora que no hay público en los estadios, se escuchaba clarito lo desafinado que cantan el Himno Nacional Bravo, Vidal y los demás. No es un reproche, la melodía compuesta por Ramón Carnicer es difícil y los futbolistas no son los Niños Cantores de Viena. Lo que se le pide al equipo es que interprete correctamente las instrucciones del director, mantenga el ritmo de juego y sorprenda con un giro inesperado que termine en gol. En todo caso, si acercamos un micrófono en un cambio de gabinete en el Palacio de La Moneda, por decir algo, el desempeño vocal para la misma pieza sería similar , con la diferencia de que ese equipo está condenado a la B.  

Desafinamos cuando no coordinamos oído, cerebro y laringe, o sea percepción, procesamiento y emisión. Pero el término tiene alcances que van más allá de la música:  desafinar es no dar con el tono, contrastar desagradablemente (una persona o una cosa) con el ambiente o el espacio que la rodean. Desafinar es sinónimo de destemplar, hacer que se pierda la armonía, la proporción o el buen orden de una cosa. Equivale a desajuste, incompetencia e incluso inmoralidad, versus la buena proporción y virtud de la afinación correcta.

Desde la armonía de las esferas que observó Platón en el movimiento de los astros y la afinación en base a la quinta justa que calculó Pitágoras, pasando por el modelo renacentista de la afinación natural que se obtiene de la serie armónica de los sonidos y el temperamento igual que nos rige en la actualidad y que divide la octava en doce semitonos iguales, teóricos y músicos de todas las épocas se han empeñado en ordenar las frecuencias y asignarles tonos y que el resultado se acerque a la perfección, según los valores y cosmovisiones de cada tiempo. Eso en Occidente, porque en el mundo árabe, la India, China y un sinfín de pueblos originarios de todo el mundo las reglas son otras.

Las afinaciones o temperamentos son órdenes, estándares y modelos y los que los incumplen, ineptos o peligrosos que no merecen ser escuchados. O sí, pero para reírse de ellos y convertirlos en blanco de abucheos o tomatazos, ya sea en un teatro de ópera, un festival escolar o un concurso de talentos televisivo.

El Chacal de la Trompeta no perdona | Sábado Gigante

Cantar y tocar sin salirse del tono está bien, así nos enseñaron en el colegio, pero la existencia sería muy aburrida si todos siguieran las reglas. En su reciente libro La música: Una historia subversiva, el investigador estadounidense Ted Gioia afirma que los primeros blues infringían todas las leyes de lo que se consideraba buena música: eran desafinados, los bendings en la guitarra desafiaban el temperamento occidental, la métrica era irregular (los doce  compases a veces eran once y otras trece y medio) y la armonía de tónica, subdominante y dominante que distingue al género todavía no estaba codificada, sin mencionar las letras sobre sexo y violencia. Por eso bluesmen como Charlie Patton o Blind Lemom Jefferson eran tan magnéticos. Me asusta, pero me gusta.

Mucha de la mejor y más adelantada música ha sonado, por lo menos al principio, discordante, destemplada y perturbadora. El vienés Arnold Schönberg rompió a inicios del siglo pasado con el sistema tonal que reinaba y todavía hoy su “Pierrot Lunaire” es dura de tragar, pero nadie pone en duda su importancia, porque marcó el camino para que los compositores académicos —y luego la música experimental y cierta electrónica—  continuaran cuestionando los valores tradicionales de este arte, desde el timbre al tono.  En 1974, el norteamericano La Monte Young, uno de los padres del minimalismo y el drone, estrenó su obra maestra “El piano bien afinado” («The Well-Tuned Piano») con ese instrumento alterado y  temperado bajo complejísimas reglas aritméticas establecidas por él mismo, que si bien son coherentes y se siguen estudiando, modelan una improvisación de más de cinco horas que suena tan extraña como fascinante.

La Monte Young – The Well-Tuned Piano

Otra revolución supuso el surgimiento, a fines de los 50 en Estados Unidos, del free jazz y su desdén no solo de la tonalidad y armonía, sino también de las funciones de los instrumentos —la batería no tenía por qué llevar el ritmo y el saxo podía convertirse en percusión. Áspero, visceral y totalmente libre, el free jazz sumó un orgullo racial que proponía un regreso a las raíces africanas y de Oriente y la negación de operar bajo los cánones de los que hasta hace poco habían sido sus amos. A más de medio siglo de su creación, el free jazz no ha podido ser totalmente asimilado por la corriente dominante y figuras como Ornette Coleman, Don Cherry, Albert Ayler o el Art Ensemble of Chicago siguen cautivando con sus salvajes disonancias.

Art Ensemble of Chicago – Berlin Jazzfest – 1991 – Ohnedaruth

“En el pecho de un desafinado también late un corazón”, musita Joao Gilberto en la famosa “Desafinado”, una cumbre del bossa nova con una  insólita línea melódica y sutilísimas disonancias. Es una verdad del porte de una catedral que debieran aprender los oídos timoratos que consideran a Bob Dylan o Leonard Cohen desafinados rematados, cuando en realidad se trata de un atributo y parte importante de sus encantos.  

Yoko Ono despierta el odio de los rockeros no solo por supuestamente haber separado a Los Beatles, sino por atreverse a grabar discos con chillidos, mientras que la mayoría de los covers que le han hecho a Lou Reed, otro ilustre desafinado, resultan despreciables cuando se cantan entonaditos. Sonic Youth, Christian Death o Nirvana, por nombrar tres y no cien, no serían lo mismo si sus vocalistas hubieran pasado por escuelas de canto y porque vienen del punk, que funcionó como parodia cuando se cagó en la corrección musical. Géneros enteros como el industrial, el grindcore o el black metal se posicionan estética y políticamente desde la disonancia y descontrol y dejan en vergüenza proyectos tan ridículos como Metallica Sinfónico.

Throbbing Gristle – Discipline (live)

Volviendo al inicio, los futbolistas de la selección cantan desafinados, sí, pero por lo que se ve en las redes sociales vacilan a tope la música, lo que no es tan claro en los habitantes de Palacio. Ahora que cunde la pulsión entre columnistas de examinar el comportamiento de políticos desde una perspectiva psicoanalítica con términos como infantilización, transferencia y proyección de la sombra para explicar lo que para la mayoría es simple desconsideración, ignorancia, estupidez y contumacia, desde acá proponemos una perspectiva de carácter musical.

No son desafinados, que los hay brillantes, lo que padecen es amusia, un mal neurológico que impide distinguir los tonos o el ritmo y, al final de cuentas, entender la música. El libro Se oía venir, publicado el año pasado por la editorial Cuaderno y Pauta y coordinado por el periodista David Ponce, reúne valiosos ensayos donde se demuestra que los dolores que estallaron el 18 de octubre de 2019 se contaron y cantaron durante tres décadas en todos los géneros de la música chilena, del rap a la electrónica y de la cumbia al pop. Si los analistas y asesores que se excitan con encuestas truchas hubieran escuchado y asimilado esas canciones, no se atreverían a decir “esto no se veía venir”.

Se oía venir: Cómo la música advirtió la explosión social en Chile se descarga gratis aquí.

Por Luis Felipe Saavedra, colaborador canal ARTV.



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